adrenalina en aguas abiertas
Alejarnos de los arrecifes y adentrarnos en la inmensidad de las aguas oceánicas es abrir una puerta a un universo diferente, en donde los encuentros pueden ser apasionantes, pero también costosos, ya que requerirá por nuestra parte un mayor esfuerzo físico y horas de rastreo. Una de las especies más emblemáticas y que siempre habíamos ansiado encontrar en este entorno era el pez vela del Atlántico o marlín, un depredador veloz y nervioso con el que nos esperaba un auténtico duelo entre su agilidad y nuestra cámara; nosotros recogimos el guante y fuimos a su encuentro. Este es el relato de unos días de trabajo agotador y fascinantes vivencias.
A lo largo de nuestra carrera como buceadores habíamos tenido algunos encuentros puntuales con peces vela, tan fugaces o tan lejanos que apenas habíamos tenido tiempo de disparar nuestras cámaras. Como cabría esperar, estas asignaturas pendientes no pueden quedar en el olvido, y finalmente decidimos organizar una expedición centrada en estos singulares animales. La información que se suele encontrar sobre donde fotografiar peces vela, casi siempre conduce a Isla Mujeres, frente a la costa este de la península de Yucatán, y suelen hacer mención a una “migración” de estos peces, algo que no nos cuadraba mucho. Algunos contactos en México y una más profunda investigación nos dejó claro dos puntos fundamentales: 1 – Los peces vela no migran de manera significativa, sino lo que migran son las sardinas, que al concentrarse en esta zona atraen a los peces vela junto a aves y otros depredadores, entre los meses de enero y marzo; y 2 – La mayoría de bancos de sardinas no se encuentran frente a Isla Mujeres (pese a que podamos localizar algunos), sino que requiere adentrarse muchas millas mar adentro.
Con toda esta información decidimos viajar en febrero, un periodo ideal por número de avistamientos, pero también de fuertes vientos en la zona, por lo que optamos por tomar como base de operaciones la turística población de Cancún, con buena logística náutica y desde donde partiríamos cada día rumbo noreste. Otros elementos fundamentales en la organización serían el barco y el guía, el barco debería ser de gran autonomía (más de 150 millas náuticas / 280 km) y de bañera abierta, que permitiera la mayor comodidad y rapidez para entrar y salir del agua; y el guía, elemento clave en cualquier trabajo de esta índole, que fuera experimentado y no solo buen rastreador, sino que entendiera a la perfección las necesidades de un fotógrafo a la hora de posicionar la embarcación. Todas nuestras exigencias las vimos cubiertas a la perfección desde Ultima Frontera, que puso su logística y su experiencia 100% a nuestro servicio.
Durante los días que pasamos en Yucatán, a la búsqueda de peces vela, el clima fue bastante benévolo, aunque uno de los días el fuerte viento obligo a las autoridades portuarias a cerrar la navegación en la zona. El resto de días la jornada comenzaba poco después del amanecer y se extendía a lo largo de 7 u 8 horas en el mar, durante las cuales el guía se centraba en la localización de pajareras, o lo que es lo mismo, grupos de pájaros sobrevolando algún tipo de cardumen de peces pequeños de los que poder alimentarse. En ocasiones estas pajareras resultaban ser “falsas alarmas” y solo cabía continuar la búsqueda, pero en muchas otras ocasiones la inconfundible aleta o los saltos de los peces vela nos dejaban bien claro que teníamos una oportunidad de ir a su encuentro. El sistema resultaba sencillo, posicionando el barco delante de la teórica ruta que los marlín estaban siguiendo, con el sol a nuestra espalda, y saltar al agua dispuestos a nadar con todas nuestras fuerzas, ya que el “paso” de los velas podría durar solo unos segundos, pero si éramos capaces de mantener su ritmo, quizá pudiéramos tener más oportunidades.
Pese a disponer de algunas botellas de 5 litros, con atalaje ligero, nosotros siempre optamos por realizar todo el trabajo en snorkeling, ya que nos garantizaba una mayor agilidad y velocidad en el agua, y bajar unos pocos metros en apnea, cuando esto era necesario, tampoco suponía mayor problema. Por supuesto las aletas largas, tipo pesca submarina, resultaron un elemento clave para poder “competir” con estos dardos vivientes. Otro de los condicionantes que este tipo de encuentro fue la iluminación, ya que resultaba impensable montar largos brazos y dos flashes, como utilizamos en inmersiones tradicionales y trabajando con gran angular; en esta ocasión solo cabía la posibilidad de jugar con la luz ambiente si no queríamos quedarnos atrás.
Cada jornada se repartía entre largas esperas y navegación, alternando con intensos momentos de permanentes entradas y salidas del agua, frenético aleteo y cientos de disparos. Pronto aprendimos las diferentes modalidades de encuentro: bola grande y bola pequeña. Si la bola de sardinas era grande (más de 4-5 m. de diámetro), estas se sentían fuertes y no se dejaban acorralar fácilmente por los peces vela, por lo que mantenían su rumbo aguantando bien los ataques y obligándonos a nadar a toda velocidad o simplemente proporcionándonos encuentros muy cortos que nos obligaban a una secuencia de intermitentes entradas y salidas con persecuciones con el barco para conseguir interceptarles. Pero por lo contrario, si la bola de sardinas que localizábamos era pequeña, entonces teníamos garantías de disfrutar al máximo, ya que los vela acorralaban a las sardinas, sin permitirlas avanzar y poco a poco, ataque tras ataque, iban acabando con todo el cardumen; en este tipo de encuentros solían concentrarse más ejemplares de marlín, con algunos grupos de 20-25 individuos, mientras que en las bolas grandes no solíamos tener a más de 8-10 ejemplares
Los primeros encuentros con estos bien armados animales resultaban un tanto inquietantes, ya que ver avanzar hacia ti a toda velocidad a un animal de 50 kg equipado con una espada de 60 cm siempre suscitaba ciertas dudas: ¿será agresivo?¿será torpe cuando entre él y yo este una cortina de sardinas y no me vea? ¿seré capaz de seguir su ritmo y poder fotografiarlo bien?
Pero como suele ocurrir con la mayoría de la fauna marina, tras el primer encuentro te das cuenta que nada hay que temer, y que todo será más fácil de lo que imaginabas, si pones de tu parte.
Resultó sorprendente que pese a la gran velocidad que pueden alcanzar, en ningún momento se produjo contacto alguno, y eso que en ocasiones la maraña de sardinas y peces vela entre la que nos encontrábamos podría prever lo contrario. Con otros animales como los tiburones, los “encontronazos” mientras cazan son permanentes, pero estos estilizados nadadores demostraron ser unos auténticos maestros de las piruetas y la navegación precisa y certera, con quiebros en la última décima de segundo, que en más de una ocasión nos helaron la sangre. Pese a que en las tres cuartas partes de los encuentros la interacción se limitaba a menos de un minuto, los otros avistamientos sobrepasaron todas nuestras expectativas; el adentrarnos decenas de millas mar adentro nos garantizó el estar solos y alejados de la mayoría de barcos que operan en la zona, tanto para el avistamiento como para la pesca, y la suerte de encontrar bolas pequeñas nos permitió diferentes encuentros de casi 30 minutos, agotadores pero muy fructíferos, con decenas de ejemplares nadando a nuestro alrededor y cacerías impresionantes, en las que puntualmente nos acompañaron algunas otras especies pelágicas.
Al final de cada jornada terminábamos cansados, pero resultaba gratificante, mientras realizábamos la travesía de regreso a puerto, ver como todos los miembros de la expedición parecían quedar hipnotizados ante la pequeña pantalla de sus cámaras repasando los resultados del día, mientras una tímida sonrisa delataba en su gesto que el duro esfuerzo había valido la pena. Habíamos aceptado el duelo y estábamos saliendo triunfadores.
Escrito por:
Felipe Barrio - Fotógrafo de naturaleza e instructor de buceo
Cuenta con una larga trayectoria viajando por todo el mundo y realizando reportajes fotográficos para diferentes medios y organismos. Esto le ha permitido visitar más de 170 destinos, de lo más dispares, aportándole una experiencia como viajero tremendamente completa. Ha participado en más de 100 cruceros de buceo y realizado miles de inmersiones; ha explorado 95 pecios y ha liderado más de 100 grupos, tanto relacionados con el buceo como enfocados a la fotografía de vida salvaje y naturaleza.
Charo Gertrudix - Fotógrafa submarina y de naturaleza
A lo largo de su trayectoria profesional ha liderado multitud de viajes de buceo, así como diversas expediciones enfocados a la fotografía de fauna salvaje o viajes de caracter étnico, visitando más de 165 destinos en cinco continentes. Aparte de sus dotes como relaciones públicas e integradora de grupos, Charo ha desarrollado una intensa labor periodística, publicando sus fotografías en las más prestigiosas revistas especializadas en buceo. Siente pasión por los grandes tiburones, con los que le entusiasma bucear.
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