Cara a cara con el tiburón tigre
Hay un buen número de autores que describen a los tiburones tigre como una de las especies marinas más peligrosas. Ralf M. Hennemann, en su libro Tiburones y Rayas del Mundo, dice de estos animales “Sin lugar a duda, el tiburón tigre es uno de los tiburones más peligrosos que existen. Su gran tamaño y sus hábitos alimentarios oportunistas hacen que los encuentros submarinos con este animal supongan una amenaza seria”. La primera vez que leí esto no pude dejar de pensar que sería apasionante poder bucear junto a uno de estos escualos, que pueden llegar a superar en tamaño al gran tiburón blanco y que disponen de una de las mandíbulas más poderosas del reino animal, con la que son capaces de triturar sin problemas el caparazón de una tortuga marina. Por otro lado nuestra experiencia de años buceando con todo tipo de tiburones nos ha enseñado, que pese a ser potencialmente peligrosos, la mayoría de los animales marinos no se muestran agresivos ante los buceadores, siempre y cuando estos observen unas normas “clave” que impidan confusión, no exciten al animal o le hagan sentirse en peligro.
Pese a que el tigre (Galeocerdo cuvier) tiene una distribución circuntropical, no es una especie fácil de localizar; por suerte disponíamos del contacto con Jim Abernethy, un norteamericano apasionado por los tiburones y que había dado soporte técnico a los trabajos realizados con tiburón tigre de National Geographic, BBC Wildlife, Animal Planet y Discovery Channel. Sus años de experiencia podían ser una garantía de seguridad ante un trabajo de este tipo, y la localización sería el elemento definitivo para el éxito de la expedición.
Tras elegir la época idónea (por la temperatura del agua) y varias semanas de preparativos iniciamos viaje destino Florida, desde donde zarparíamos rumbo al norte de Grand Bahama, en busca no solo del tiburón tigre sino de algunas otras especies igualmente carismáticas como el tiburón martillo gigante (Sphyrna mokarran), que puede superar los 5 m. de longitud, el tiburón toro (Carcharinus leucas) o el tiburón limón (Negaprion brevirostris). Para poder localizar a estas especies, aparte de dipermitieron a los puntos donde ellos habitan, teníamos que reclamar su atención, para lo cual Jim había equipado su barco con un gran depósito en proa, cargado de pescado, a través del cual circula agua que es devuelta al mar; 24 horas al día de “perfumado” líquido que sería detectado por cualquier tiburón que se encontrara en varios kilómetros a la redonda, y lo cierto es que tras toda una noche de navegación el método dio sus primeros resultados y la luz del nuevo día nos permitió descubrir numerosas aletas circundando el barco.
Pese a la mala fama de los tiburones, lo cierto es que la mayoría de ellos son animales tímidos y la simple presencia de buceadores en el agua, especialmente en zonas remotas donde no están demasiado acostumbrados a ver humanos, puede ser causa más que suficiente para que se alejen. Para impedir su huida, la solución es darles algo tentador que venza su timidez, y eso se consigue con un montón de cajas sumergidas llenas de pescado. La intención no es que se lo coman, sino que lo huelan y su instinto les haga permanecer en el lugar donde nos sumergiríamos. Por otro lado, el cebo podía detonar un comportamiento agresivo, algo que para nada buscábamos; para controlar esta situación en todo momento se utilizó pescado desangrado, ya que la presencia de sangre en el agua supondría un fuerte excitante y por consiguiente podríamos perder el control de la situación.
Por mucho que se haya buceado con tiburones, no deja de ser inquietante el momento en que se salta al agua, especialmente cuando varias decenas de tiburones rodean el punto de entrada. La mayoría de los ejemplares que se concentraban en la superficie eran limones y de arrecife del Caribe, especies que suelen trabajar más en grupo, y cuya nerviosa actividad suele atraer a otros depredadores más grandes y solitarios, como el tigre. Los lugares seleccionados, a excepción de algunos muy concretos, no superaban los 6 m. de profundidad y el fondo estaba dominado por la arena, sobre la que se salpicaban algunas gorgonias y pequeños bloques de coral, un hábitat que gusta a los tiburones y en donde pueden encontrar rayas y otros peces planos – semienterrados en la arena – y que gracias a los electros receptores situados en su hocico (ampollas de Lorenzini) detectan y capturan con facilidad. La claridad de los fondos sumada a la limpieza de las aguas y a los penetrantes rayos del sol nos brindaba un espectáculo magnifico, en donde contemplar únicamente decenas de tiburones en todas direcciones. Cualquier fotógrafo entenderá el placer que supone trabajar con un angular a 1/250 de velocidad y aperturas de f/16…un sueño hecho realidad.
La tradicional curiosidad de los tiburones de arrecife se veía muy superada por el descaro de los grandes tiburones limón, animales de más de 2 m, que estaban por todas partes y que literalmente tenías que quitártelos de encima para establecer cierta distancia que nos permitiera trabajar. Pese a su comportamiento tranquilo, el cebo y su impresionante dentadura nos dejaban claro en todo momento que esto no era un juego, y para evitar percances teníamos que tomar algunas medidas de precaución. Los tiburones disponen de un gran olfato y otros órganos sensoriales muy desarrollados, pero no son animales muy inteligentes y su vista no es lo más destacado, por lo cual podrían confundirnos – en determinados momentos de mucha actividad y gran número de ejemplares – con el cebo del interior de las cajas. El pescado muerto suele tener un color claro y pálido, por lo tanto, teníamos que alejarnos de cualquier color que indujera a error. Trajes, aletas y chalecos fundamentalmente negros (o azul oscuro) nos transformarían en “objetos” diametralmente opuestos a lo que ellos estaban buscando. Completar el equipamiento con capucha y guantes negros (indispensable) garantizarían nuestro camuflaje, solo delatado por el brillo de nuestras cámaras y el “blanco impoluto” de los difusores de los flashes, algo que confirmó en numerosas ocasiones que los colores claros les atraen, y mucho.
Como una rutina diaria, tras los primeros encuentros con los tiburones “pequeños” empezaban a acudir a la cita los principales invitados: los tiburones tigres. La excelente visibilidad nos daba la oportunidad de divisarlos a 30 o 40 m. de distancia, avanzando directos, con un sinuoso y lento movimiento y muy próximos al fondo. La primera vez que cruzas la mirada con un tigre, de penetrantes ojos negros, te das cuenta de que la situación es muy diferente a cualquier otra experimentada con anterioridad, solo comparable con el encuentro del gran tiburón blanco. Con otros tiburones notas cierta desconfianza, pero el tigre domina la situación y avanza directo hacia ti claramente, para comprobar quien es ese raro visitante. Para un inexperto este comportamiento podría calificarse de ataque, pero Jim ya nos había puesto sobre aviso dejándonos claro como teníamos que comportarnos: plantarle cara y frenarle.
Lo cierto es que “plantar cara” a un tiburón que supera en dos veces tu tamaño suena a locura, y pese a la falsa protección que da el ocultarse tras la cámara de fotos el primer encuentro es una auténtica descarga de adrenalina. Por suerte el sistema funcionó en todos los casos, el tigre buscaba establecer contacto físico, su forma de chequear lo desconocido, pero manteniéndose firme y parándole con un obstáculo, el gigantesco tigre parecía perder interés por nosotros durante un buen rato, permaneciendo en la zona tranquilo hasta que la curiosidad le inducia a iniciar el acoso. En nuestro caso la cámara de fotos era el elemento de barrera, el obstáculo que interponíamos entre el tiburón y nosotros, otros miembros de la expedición – no fotógrafos – disponían de un bastón, no para golpearle (sería muy, muy mala idea) sino simplemente para cortar su avance. En ocasiones el descaro de los tigres les lleva a coger las cámaras con su gran boca y llevárselas, pero por suerte y tras ver que el metal no es muy apetecible, la sueltan a unos cuantos metros de distancia.
De la mañana a la noche, durante todos los días, la actividad con tigres, limones y tiburones de arrecife fue incesante. Lugares como Tiger Beach, Purple Planch, Turtle Grass, Ginormous, El Dorado o Hamertime nos ofrecieron encuentros y vivencias excepcionales, y en todo momento la experiencia del staff nos ofreció una cobertura de seguridad que nos permitió trabajar como jamás habríamos imaginado. Pese a que en algunos momentos habíamos tenido encuentros muy fugaces con martillos gigantes, especialmente en El Dorado, aún nos quedaba una última etapa para completar la expedición. Desde el norte de Bahamas pusimos rumbo al sur, dirección a la isla de Andros, para parar en medio de la nada, en un lugar muy especial conocido como End of the Map, y con un claro objetivo: los tiburones toro y el mokarran.
A diferencia de la mayoría de las inmersiones anteriores, este buceo se realizaría a más de 30 m. de profundidad, con el fin de fotografiar a los tiburones toro. Tras dejar durante casi una hora varias cajas de cebo en el fondo, iniciamos el descenso para encontrarnos con un grupo de robustos tiburones toro, una especie inquietante, muy nerviosa y que atesora la fama de ser el causante de numerosos ataques a bañistas. No hay que confundir a este tiburón con el otro toro (Carcharias taurus), también conocido como tigre de arena o ragged, muy popular en Carolina del Norte (USA), en el sureste de Australia y en Aliwal Shoal (Sudáfrica) en donde nuestro toro (Carcharinus leucas) es conocido como tiburón Zambezi.
Esta inmersión resulto muy estresante y con una clara excitación de los animales, llegando a romper incluso las cajas de pescado. Pese a todo, un buen trabajo en equipo “cubriéndonos las espaldas” nos permitió disfrutar y trabajar como en los días anteriores. Y tras esta inmersión de alta tensión, cerca de la superficie, nos esperaba el segundo invitado a la cita: el gran tiburón martillo o mokarran. Pese a su envergadura, resultó ser el más esquivo y tímido de todos, y tuvimos que recurrir a la utilización de pescado fresco para que accediera a acortar distancias y se pusiera al alcance de nuestras cámaras. Encuentros fugaces pero que nos dejaron un agradable recuerdo y muchas ganas de regresar.
Tras una semana de exclusivamente buceo con tiburones, el saldo de esta expedición resultó muy positivo. Cada día de inmersión fue diferente y a cuál mejor, con vivencias realmente inimaginables antes de iniciar el viaje. Para todo ello hay que destacar el papel realizado por la tripulación, tanto bajo el agua como en superficie, sin los cuales este trabajo habría sido literalmente imposible de realizar.
Escrito por:
Felipe Barrio - Fotógrafo de naturaleza e instructor de buceo
Cuenta con una larga trayectoria viajando por todo el mundo y realizando reportajes fotográficos para diferentes medios y organismos. Esto le ha permitido visitar más de 170 destinos, de lo más dispares, aportándole una experiencia como viajero tremendamente completa. Ha participado en más de 100 cruceros de buceo y realizado miles de inmersiones; ha explorado 95 pecios y ha liderado más de 100 grupos, tanto relacionados con el buceo como enfocados a la fotografía de vida salvaje y naturaleza.
Charo Gertrudix - Fotógrafa submarina y de naturaleza
A lo largo de su trayectoria profesional ha liderado multitud de viajes de buceo, así como diversas expediciones enfocados a la fotografía de fauna salvaje o viajes de caracter étnico, visitando más de 165 destinos en cinco continentes. Aparte de sus dotes como relaciones públicas e integradora de grupos, Charo ha desarrollado una intensa labor periodística, publicando sus fotografías en las más prestigiosas revistas especializadas en buceo. Siente pasión por los grandes tiburones, con los que le entusiasma bucear.
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